—Mi reliquia...
¿Es eso lo único que le importa? Le susurro con brusquedad:
—Está en tu patio. Enterrada debajo de las neorrosas. Solo tiene que desenterrarla.
—La reliquia no me importa—dice, y aunque sigue sin tocarme, el fuego de sus ojos me abrasa—. No he dormido en toda la noche pensando que podría haberte metido en un lío. Me importas tú.