Él le cogió de la cintura, le arrastró hasta ponerla frente a él, y la besó. Luego, él la miró y le dijo:
─ Posiblemente tengas razón con lo de la perfección, pero para mí eres perfecta. Me gustas así, con tus mofletes sonrojados, con tus ojos verdes al sol marrones a la oscuridad, con tus sonrisas hasta en los días más oscuros, con tus ganas de ayudar.
─ Pues... ¿sabes qué? Siempre he pensado que los príncipes azules no existían...
─ Posiblemente tengas razón con lo de la perfección, pero para mí eres perfecta. Me gustas así, con tus mofletes sonrojados, con tus ojos verdes al sol marrones a la oscuridad, con tus sonrisas hasta en los días más oscuros, con tus ganas de ayudar.
─ Pues... ¿sabes qué? Siempre he pensado que los príncipes azules no existían...
─ Y... ¿qué me quieres decir con eso?
─ Que supongo que tú serás el de color verde pistacho...
─ Que supongo que tú serás el de color verde pistacho...